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viernes, 11 de noviembre de 2011

Galería de fotos: concierto de la calle Casp, Junio 2011

Estas fotos tomadas durante el concierto no son muy buenas pero como mínimo están llenas de acción.


Pedro como solista de oboe. Concierto de Marcello
Saludos. En primer plano, Pedro y Juan Cantarell

Kim ha escuchado algo que no la convence

Rubén Herrera se prepara para el Concierto de Mendelssohn

Rubén Herrera y Juan Cantarell

Ulrike, la concertino

Rubén en el segundo movimiento

Más Rubén

Y más
Rubén en el tercer movimiento

Roser, la contrabajista, también es flautista. Delante, Santiago y Ramón

Josep y Jordi
Durante la media parte hay que vigilar dónde se dejan los instrumentos. Corres el riesgo de que alguien del público los tome prestados...

Roser

Vista de los celli
Rubén y Ulrike saludadando al final

domingo, 5 de junio de 2011

De niños con talento prodigioso




 

Un saludo muy cariñoso desde este blog para el niño prodigio Michael Andreas Haeringer, a quien sigo desde que era diminuto y empezó a tocar el piano como un virtuoso en la escuela de música a la que acudimos mi hija y yo.




Sábado después de comer de un fin de semana soleado de Junio en Barcelona. Normalmente apetece descansar, tomar un café, mirar una película, dar una vuelta por la ciudad, hacer una siesta, quedar con los amigos, acudir a algún concierto.

Pero nosotros… ensayo extra al canto!

Lo necesitamos porque tenemos un concierto el próximo jueves, en el que presentamos el Concierto en Re menor de Mendelssohn, con Rubén Herrera como solista.




Rubén durante el ensayo
Comenzamos el ensayo un poquitín tarde porque nadie encontraba las llaves del local. Rubén fue superpuntual y tenía prisa porque al terminar el ensayo tenía una actuación en un festival de música primaveral. Poco a poco fuimos llegando absolutamente todos. En fin de semana.

Comenzamos a pasar el primer tiempo, y a los pocos compases Juan Cantarell nos para y nos ilumina con las circunstancias vitales de Felix Mendelssohn en el momento de crear esta obra (1923, cuando tenía catorce añitos), su formación rigurosísima, su admiración por Bach, Mozart, Beethoven, y el por qué tenemos que considerar cada compás como un tiempo en frases de cuatro compases. Como premio a su paciencia, el acento de los compases donde él quería: desaparece el tópico “efecto anacrusa” y suena en su lugar una frase inteligente y sutil que, efectivamente, cambia mucho el carácter de la melodía y hace que ocurra algo inmaterial al escucharlo, de sentido encriptado, que es precisamente lo que hace que a música sea tan prodigiosa y llegue al alma.

Pasamos al Andante, primero sin Rubén, y en la segunda mitad Juan tiene que bajar de la tarima y avanzar amenazadoramente hacia los segundos violines y la violas para que toquemos fortissimo un pasaje solo de orquesta. “Con desesperación!” grita con su voz de barítono. Y de nuevo, consigue el efecto deseado.

Tercer movimiento. El jovencísimo Rubén Herrera marca el tono con un armónico de su violín. Lo difícil es ajustar la orquesta y hacer que suene como un velo aterciopelado que acaricie la sonoridad prodigiosa de Rubén y su violín.

Juan Cantarell y Rubén Herrera

El motivo alegre y chisposo del tercer movimiento, que nos vamos pasando como en una partida de ping pong, resplandece hasta poner la carne de gallina cada vez que lo acomete el solista. Al terminar, en lugar del acostumbrado golpeteo aprobador en el atril, todos soltamos los arcos para aplaudir de verdad y gritar bravo.

Cuando Rubén dio el último Re conclusivo y se volvió sonriente a nosotros, sorprendidos de lo que acabábamos de generar, comprendí, por qué merece la pena venir a tocar el sábado y todos los demás días que no son sábado en que también venimos a tocar.

Y desde mi esquinita con mi violonchelo, en un sábado de Junio por la tarde, pensé en Felix Mendelssohn a los catorce años componiendo este concierto tan brillante, pensé en Rubén Herrera, a la misma edad terminando de forma prematura los estudios de grado medio de su instrumento, y en el director, el maestro que teníamos delante modulándonos, exprimiendo lo máximo de nuestras capacidades para dar colorido a esta obra, Juan Cantarell, que a los catorce años debía de tocar el piano como un ángel, supervisado por Alicia de Larrocha y su musical familia, además de estudiar el violonchelo, armonía, composición y dirección de orquesta.


Mendelssohn niño

Cuentan que Felix Mendelssohn a los catorce años tenía una orquesta para poder experimentar. Un juguete para un niño especial y genial. A los que creen en las hadas no les costará ver que su espíritu se ha vuelto a reunir esta semana de Junio con estos otros dos niños geniales, Ruben Herrera y Juan Cantarell, para jugar un poco con un juguete llamado Orquestra Ars Medica.

Si creéis que exagero, el jueves lo podréis comprobar.

jueves, 5 de mayo de 2011

Contratiempos y Contrapuntos

El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo. Antoine de Saint-Éxupery


 Esta semana hemos tenido un aguacero sobre la ciudad que ha provocado que muchos de los miembros de la orquesta lleguen tarde al ensayo, o directamente no lleguen, y además, como ya es costumbre en los días de lluvia, hemos disfrutado de goteras en el local.

Esto me ha hecho pensar en dedicar un post a algunos de los contratiempos de cada día que hemos de soportar los músicos amateur, que, sin embargo, lejos de ser un problema, nos hacen sentir más unidos en la adversidad.

Por ejemplo, las mencionadas goteras. En nuestro local hay goteras de tamaño natural, y cuando llueve copiosamente como el otro día,
tenemos que poner cubos en el escenario, y los componentes de la orquesta se van distribuyendo alrededor de ellos en función de las necesidades. Aquí un gran cubo para las goteras entre los segundos violines y las violas.

Además, como tocamos en un antiguo escenario, que no es demasiado grande, tenemos que arrinconarnos y entonces las cortinas laterales nos molestan. No os imagináis lo que es tocar un instrumento de cuerda con un viejo cortinaje cayéndote en el pescuezo todo el tiempo. Por ello hemos optado por la salomónica decisión de hacerles un gran nudo a todas las cortinas cuando llegamos.
Os prometo que no tratamos de simbolizar nada con ello. Cuando nos marchamos al finalizar el ensayo, deshacer los nudos de los telones forma parte de las rutinas de “recoger los trastos”, y así, unos van deshaciendo nudos mientras los otros van plegando los atriles y más allá los más activos amontonan las sillas, en medio de una charla eufórica y desenfadada que dura varios minutos.

Todos los que habéis tocado alguna vez en alguna orquesta sabéis como yo que a los directores se les escapa la batuta a menudo durante los ensayos. Alguna vez, incluso también en algún concierto, con el consiguiente riesgo físico para los ojos de los músicos (por suerte uno de los violinistas es oftalmólogo).


Por ello, en las orquestas de verdad, los directores tienen presupuesto para varias batutas; en cambio nuestro maestro de vez en cuando tiene que aplicar las restricciones y utilizar un lápiz en los ensayos.
Juan Cantarell con un lápiz
No por ello pierde ni un ápice de intención en sus indicaciones. En los conciertos, es justo decirlo,  luce una hermosa y vistosa batuta blanca. 

No es infrecuente que, por motivos de trabajo, algunos de nosotros lleguemos un poco más tarde al ensayo. Lo importante es llegar, sin embargo, y no por ello hay que interrumpir la actividad. Por ello hemos aprendido a caminar haciendo equilibrios con nuestro propio atril, el arco, las partituras y el instrumento en la mano, mientras los demás están tocando, procurando que Juan no nos atice un batutazo cuando pasamos a su lado (el truco es contar, y pasar muy rápido justo en el tiempo 1 del compás), intentando no tirar los atriles de los demás, y sobre todo no pisar a nadie ni a nada.

La palabra amateur tiene incluido el lexema “amor”, cosa que hace totalmente improbable que uno de nosotros pise, por error, un violonchelo que está en el suelo, o una partitura. En cambio, sí podemos pisar tranquilamente el borde de la chaqueta del vecino que cuelga de la silla, o dar una patada sin querer al móvil que se han dejado encima de la tarima. Por no hablar de cuando clavamos sin piedad nuestra pica de titanio en el suelo de cualquier sitio, aunque sea de parquet de espigas de roble.

Estas y otras penurias hemos de sufrir los músicos aficionados. Como cuando hace demasiado frío para ensayar, y sólo disponemos de una canija estufa endeble en el lateral de la platea, que no calienta nada.
Para poder tocar hay que mover los brazos cómodamente y no se puede llevar abrigo. De manera que mi amigo Santiago empezó a llevar un chaleco sin mangas acolchado, y yo le he imitado. Suerte que pronto es verano.

A pesar de todo, nos gusta poder ser útiles a alguien de vez en cuando. 
En el último ensayo nos visitó la futura pianista y actual estudiante de Bachillerato, Marta, que dejó un comentario en el blog interesándose por las antiguas componentes de la orquesta femenina, para hacer un trabajo en su escuela sobre el papel de la mujer en la música catalana del siglo XX. Marta acudió como espectadora al ensayo y pudo entrevistar a las chicas. Hay jóvenes impresionantes, y para mí es un honor que este humilde blog haya servido para que se haya producido este contacto.


 

jueves, 7 de abril de 2011

Las perlas del dire (III)



“La música debería haber sido realmente una ciencia hermética, conservada en textos con una interpretación tan extensa y difícil que habría desanimado a buen seguro a todo ese tropel de gente que se sirve de ella con la ligereza con que se sirven de un pañuelo.”  Claude Debussy




Hemiolias y Sextas Napolitanas

Trabajar una partitura a fondo, aprovechando todos los recursos compositivos que dispuso el autor, desenterrando los secretos armónicos escondidos entre las barras de los compases como un niño que busca huevos de pascua camuflados entre los muebles de la casa:

Manos y batuta de Juan Cantarell

esto es lo que hace Juan Cantarell, nuestro director, con sus “perlas”. Sin embargo, del mismo modo que hay quien no da puntada sin hilo, él no da perla sin intención.



En este caso, ocurrió analizando una pieza que venimos preparando y mejorando desde hace unos tres meses, un Concertino para cuerdas de Carlo Ricciotti. Ya he comentado en otras ocasiones que la obra se atribuyó a Pergolesi durante un tiempo, y ahora se tiende a atribuir su autoría a Unico Willem van Wassenaer (algún día explicaremos las anécdotas referidas a estos tres individuos). Bueno, pues resulta que este concierto barroco, no muy conocido, está tan sembrado de juegos rítmicos y devaneos con las tonalidades como el que más. Quién sabe cómo sonaba en “versión original”, con los instrumentos auténticos y en el entorno para el que se escribió!

Pero lo que sí podemos desmenuzar, la partitura que nos ha dejado, está repleta de detalles importantes que condicionan la interpretación y que se dirían auténticos guiños al futuro, secretos y curiosidades que nuestro director ha ido desvelándonos en forma de “perlas”. De modo que, con su permiso, hoy me he propuesto desgranar dos de las llamadas perlas del dire.


La Sexta Napolitana

Tanto Ricciotti (1681-1756) como Pergolesi (1710-1736) y Wassenaer (1692-1766) vivieron y trabajaron en el siglo XVIII, de manera que pudieron heredar algunos de los conceptos introducidos por el compositor napolitano Alessandro Scarlatti (1660-1726). Este último, si no fue el creador, sí fue uno de los primeros en utilizar el acorde con el sugerente nombre de sexta napolitana.

En algunos compases de la obra mencionada aparece uno de estos acordes, y Juan nos lo hace notar para que seamos plenamente conscientes de ello y lo ejecutemos con una intención invisible pero perceptible. Creedme: no es lo mismo pasar una obra de manera automática, prestando atención sólo a la digitación, a los arcos y al ritmo, que hacerlo conociendo estas deliciosas complejidades hechas a propósito para enriquecer la música. En aquella época, este tipo de resoluciones de acordes eran relativamente nuevas, aunque posteriormente, como más o menos todo en la música y en la vida, fue utilizado en el clasicismo y en el romanticismo, y sigue vigente.

No pretendo en modo alguno dar una clase sobre lo que es una sexta napolitana, pero simplemente diré, resumiendo, que se trata de un acorde del segundo grado (es decir, por ejemplo, en la escala de la menor, el segundo grado sería el si), en el que se altera descendentemente medio tono la fundamental. En el ejemplo se ha transformado el si en si bemol. ¿Por qué, entonces, se le llama sexta? Porque comúnmente se suele utilizar la primera inversión del acorde, añadiendo la fundamental en el bajo. 



El acorde ii




El mismo acorde tras disminuir la fundamental del mismo: Sexta Napolitana

Al alterar de forma descendente la fundamental del acorde, se crea una mayor tensión armónica y un estado de ánimo especial, como anhelante. De hecho, la música estaba por aquel entonces muy a menudo al servicio del texto, generalmente muy poético y lleno de sentimientos muy intensos de todo tipo, el cual se intentaba potenciar con estos efectos conseguidos a base de progresiones de acordes ingeniosos o progresiones armónicas (y además, en el sur de Italia!!!).


La Hemiolia o Hemiola

 Hemiolia es una palabra griega que significa “entero y medio”, y que se ha consagrado a la música. Los autores italianos llamaban hemiolia a ese tipo de compás triple en que cada tiempo es una negra. La hemiolia actual consiste más o menos en tocar dos compases de tres tiempos como si se tratara de tres compases de dos tiempos. De este modo se obtiene un recurso rítmico que da por un momento la sensación de estar tocando un patrón binario cuando lo que está escrito es ternario. En la obra de Carlo Ricciotti aparecen varias de estas figuras, y cuando nos acercamos al compás en cuestión, a veces el director nos grita “HEMIOLIA!”, para que lo marquemos de manera correcta, enfatizando los tiempos adecuados.

La gracia de la hemiolia está en que puede ser utilizada de forma consecutiva, es decir 1-2-3, 1-2-3, 1-2, 1-2, 1-2, o bien de forma simultánea (con las diferentes partes de la orquesta, o bien en el piano, cada mano hace un ritmo). He encontrado dos ejemplos, uno de Haendel, y otro de Brahms, en los que se entiende perfectamente este concepto.


 

Para los amantes de la música como yo, estas “perlas del dire” son joyas. Gracias, Juan, no sólo por dirigirnos, tolerarnos, aguantarnos y encima mejorarnos, sino también por enseñarnos estos secretos herméticos.


jueves, 24 de marzo de 2011

Recuerdos de un concierto

          I don't know whether I like it, but it is what I meant.                    Ralph Vaughan Williams

         
 Me imagino que las orquestas profesionales de prestigio deben estar acostumbradas a que las cosas les salgan bien y que sus actuaciones sean un éxito. Pero a nosotros, cuando un concierto nos sale redondo, como el que dimos el pasado domingo en Caldes de Montbui, nos queda un dulcísimo recuerdo que nos dura semanas, y nos empuja a seguir reuniéndonos para tocar y ensayar con ánimo fresco y optimista.

El domingo después de comer nos distribuimos en varios vehículos para llegar a esa población, donde vive Domènec, que está a una media hora de Barcelona. Josep Maria Serrado, el concertino, llevó a tres violinistas más. Mi amigo Jordi llevó a Roser, nuestra contrabajista profesional, cuyo primer instrumento es la flauta travessera. De modo que en el coche iban ellos dos, junto con un violonchelo y un contrabajo. Yo, por mi parte, me llevé a mi violonchelo y a Juan Cantarell, el director. Le recogí en la esquina de la calle Balmes con Plaza Molina, y después de perdernos tres veces por culpa del GPS, llegamos al pueblo de Caldes.

En el centro del pueblo todas las calles estaban cortadas porque era día de mercado de productos artesanos como quesos, miel, bizcochos, yogures, mermeladas, cocas y embutidos. Tras las dificultades para encontrar aparcamiento a causa del mercado, tuvimos que pasar con los instrumentos por delante de las paradas. Entonces Juan se  entusiasmó, pues una de sus pasiones es cocinar, y tuvo tentaciones de comprarse más de la mitad de los productos de cada parada ante la que pasábamos. Por suerte, como íbamos con el tiempo justo para poder empezar puntuales la prueba de sonido, encontramos el Casino de Caldes enseguida.

¿Por qué siempre los cellos somos los primeros en llegar a todas partes?
Domènec, Josep y Santiago Rosales
Allí estábamos puntuales, los cinco, más Domènec i Juan, montando el escenario. Esta es una de las partes de los conciertos que más me gustan: colocar sillas, atriles, apartar cosas, dirigir a todos los músicos a la habitación para cambiarse. En esta ocasión era un lujo: teníamos una habitación sólo para las chicas, con confortables sillones,  un perchero en el centro donde colgamos los abrigos, y un espejo para poder darnos unos retoques. Por desgracia para el blog, esta fase previa fue la única en la que pude hacer fotos, ya que luego fuimos muy ajetreados, y es totalmente imposible tocar y sacar fotos al mismo tiempo. Confío en que alguien me envíe durante estas semanas algunas imágenes adicionales del concierto. Pero he escogido todas estas instantáneas espontáneas de la prueba de sonido previa al concierto.

Por costumbre, en nuestra orquesta siempre hay unas consignas muy claras respecto al atuendo en ls conciertos. Tenemos cuatro posibilidades: que los chicos vayan con pajarita, que vayan con corbata, que vayan sólo de negro, o que vayan como quieran. Siempre depende de adónde vamos, para quién tocamos, con quién tocamos, y qué tocamos. Antes del concierto se dan las indicaciones. En esta ocasión se nos mandó un email con los últimos detalles, en el que se podía leer: “vestimenta: corbata”.

El atril del director. Al fondo, Tina
Casi siempre las mujeres nos quedamos sin consigna, pero se supone que hemos de ir más o menos de negro. Sin embargo ese es un detalle que nadie especifica nunca demasiado.

Bromas aparte, yo me vestí de negro con ropa sencilla (pantalón y una blusa), pero el día anterior había tenido un capricho-corazonada y pensé que me merecía unos zapatos, de modo que me fui a varias zapaterías hasta que encontré unos preciosos con taconazos de 10 centímetros y plataforma. Los metí en la bolsa de conciertos junto con las partituras, el atril y la correa para la pica.

Me los calcé justo en el momento de salir a tocar, y de pronto, con ellos en los pies, me sentí imbuida por una pasmosa seguridad mágica que no había tenido hasta ese momento. Nadie los vio, porque llevaba pantalones muy largos que los cubrían, y porque me siento detrás del grupo de violonchelos. Pero yo, allí sentada, con mis taconazos que me permitían mover el instrumento con una soltura distinta, con las rodillas más altas, comencé a intuir que algo grande estaba a punto de ocurrir.

Comenzamos con una presentación que nuestro anfitrión Domènec dirigió a los asistentes. No os lo perdáis: en verso. La sala, enorme, no estaba llena, pero se notaba una complicidad especial entre los músicos y el público.

Josep Gelpí y Jordi Fluvià
Tras el mini-pánico del comienzo, que básicamente consiste en que todo el programa se te hace muy cuesta arriba, no te acuerdas de cómo te llamas, no te acuerdas del tempo del primer movimiento de la primera obra, y muchas veces miras los atriles ajenos para estar totalmente seguro de que esa, y no otra, es la obra que hay que tocar, comenzamos a tocar el Concertino de Ricciotti, o Wassenaer, o Pergolesi, o quien quiera que fuera el que lo compuso (ver entradas anteriores). Después, nuestro Pedro Zacarías dejó el violín, sacó el oboe, y comenzó la magia del concierto para oboe y orquesta de Marcello. Todavía es como si lo estuviera oyendo; durante la ejecución nos acordamos de las palabras del director durante los ensayos, “el placer de acompañar”.
Helia, al teclado

Roser y Santiago
Jaume, Kim y Ferràn
Después de una breve pausa para echar unas risas y destensarnos, salimos otra vez, bajo los aplausos de los montbuiencs. Comenzaba lo grande. Por primera vez tocábamos en público las hermosísimas danzas de Grieg y sus Melodías Elegíacas: La primavera, El primer encuentro (según Juan Cantarell, dedicada al que fue el primer amor del compositor), corazón herido, y la más vigorosa, A la Noruega, en la que a Santiago y a mí nos toca hacer unas notas largas sincopadas fortissimo que nos han traído más de un estrés durante los ensayos.

Es maravilloso estar tocando en una orquesta cuando notas que estás haciendo auténtica música, sublimando el trabajo del compositor, dejándote llevar como un junco al viento por las indicaciones del director, al que mirando de reojo en los pasajes más exultantes se podía ver sonriendo y con los brazos totalmente abiertos, más como bailando o volando que dirigiendo. Juan ya estaba planeando sobre el verano boreal y nosotros nos sentíamos como navegando por un fiordo en un crucero que se acerca a Bergen.
Roser y Toni

Al final ellos aplaudían, nosotros sonreíamos, y nos levantábamos y sentábamos. Luego el concertino Josep Maria Serrado tocó la Méditation de Massenet, una pieza que todo el mundo más o menos conoce, y hay que decir que estuvo especialmente inspirado, quizás porque venía de celebrar su santo en una comida familiar. Le tengo prometido que un día me tomaré una cerveza Guiness con él antes de tocar, pero es que no me atrevo.

Por fin llegó el momento más apoteósico. Juan Cantarell nos miró con una sonrisa contenida y concentrada, y bajó despacio su  batuta blanca para que comenzara a sonar nuestra obra estrella, “Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis” de Vaughan Williams. Es una pieza espléndida y la habíamos preparado a conciencia. La mayoría de nosotros opinamos que el domingo la tocamos como nunca. Como dicen los profesionales, “hubo cosas”, sí, de acuerdo, pero nadie las notó y nos quedamos muy satisfechos.
El gran Paddy

Luego, a cambiarse, recoger de nuevo los trastos, el teclado, los atriles, y caminar hacia los coches. Juan y yo fuimos paseando lentamente con Jordi, el violonchelista y Roser, la contrabajista. Para ello tuvimos que atravesar de nuevo el mercado, en el momento en que los vendedores también estaban desmontando las paradas, pero todavía quedaban algunas a medio desarmar y había cierto movimiento.


Esta vez nada ni nadie fue capaz de detenerlo: Juan Cantarell se compró dos quesos de cabra, una butifarra negra, un bull, un tarro de miel, dos botellas de aceite de oliva virgen, y también un trozo de coca, cómo no, “de músico”, que se comió de camino al parking. Puede que tuviera mucha hambre. Pero ya os digo yo que no le hacía falta ni un gramo de postre de músico, pues a este hombre la música le sale por los poros.
Juan Cantarell

Durante el viaje de regreso, en el que no me perdí, me regañó por no haber leído todavía el libro “El ruido eterno”, de Alex Ross (“The rest is noise” es el título original), a pesar de habérmelo comprado y tenerlo en casa. Ya voy por la página 76. Leedlo.

Al terminar de corregir este post ya se ha producido el primer encuentro tras el concierto. Tenemos montones de proyectos nuevos y de sorpresas. Pero no me caben todos en una sola entrada. Atentos a los meses venideros.